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El producto más usado durante siglos en la gastronomía, la sal común, es un elemento básico para dar sabor a las comidas y, siempre en cantidades moderadas, un mineral necesario para el funcionamiento del sistema inmune. En nuestros días sus principales fines se reducen a condimentar y conservar los alimentos.

La sal común, o cloruro de sodio, se consigue de diversas formas. La más conocida es por evaporación del agua, que da lugar a la sal marina o de manantial. Otra forma es mediante la extracción de una roca llamada halita, que se pulveriza y como resultado se consigue el condimento.

Aunque su abuso, puede generar problemas de hipertensión, y dificultades de filtración para los riñones, en cantidades moderadas, la sal ayuda a mantener el equilibrio de líquidos en el organismo e incluso regular el ritmo cardiaco.

Un abuso en el consumo de sal es muy perjudicial para la salud y puede acarrear problemas como hipertensión, enfermedades cardiovasculares o retención de líquidos. Pero un uso moderado beneficia al sistema circulatorio.

La sal dota de buen sabor las comidas al tiempo que beneficia al sistema nervioso, encargado de transmitir información al cerebro. Su consumo es especialmente favorable para las personas hipotensas, es decir, aquellas que presentan una tensión más baja. Asimismo, se recomienda el uso de sal marina sin refinar, pues contiene minerales como el sodio o el yodo, de gran importancia en el desarrollo de los niños.

Facilita el tránsito digestivo y mantiene los niveles ácidos del cuerpo. Aunque un exceso provoca retención de líquidos a causa de su contenido en sodio, este producto resulta necesario para mantener hidratado el organismo.